Es extraña la percepción del tiempo que tenemos los humanos. Se alarga, se contrae, se hace eterno ─ como si estuviera detenido ─ o transcurre tan rápido que no podemos dimensionar lo efímero que es o, mejor dicho, lo efímeros que somos nosotros inmersos en su devenir. Quizá esas sensaciones humanas sobre el tiempo se deban al egocentrismo de nuestra especie, que pretende medir todo con, la mayoría de las veces, una vara muy corta en relación a lo insignificantes que podemos ser/parecer frente al universo. También cabe la posibilidad de que el tiempo sea solo una invención de los hombres, que no exista en realidad. ¿Pero importa este detalle? Lo cierto es que, de momento, nos guste o no y en lo que respecta a nosotros, habitamos un lugar al que llamamos Tierra donde lo que definimos como tiempo parece moverse en una sola dirección y que, a medida que pasa, inexorablemente, envejecemos. Y, por esa manía de catalogar todo a nuestro gusto y placer, y en base al movimiento del p...